La decisión de darme a conocer en el mundo literario la tomé con mucha responsabilidad y cargada ilusión. Pero por mucho que nuestro carácter sea templado y estemos seguros de lo que queremos, los temores siempre se cuelan por alguna parte, generando cierto desasosiego en nuestros corazones.
Hace unos días, en medio de la inquietud que da abrir una puerta a lo desconocido, recibí un mensaje de una amiga a la que ni los años ni un océano han podido separar. El mensaje, casi premonitorio, decía: “… Anoche soñé contigo. Estabas de lo más linda y súper contenta… con la misma sonrisa de cuando te conocí…”.
Recordé entonces una foto en la que tenía tres años. La busqué y al verla me emocioné… me emocioné mucho… Reconocí en aquella niña la misma sonrisa de hoy. Reconocí la felicidad de quien apenas con sus diminutas manos podía sostener un libro mientras disfrutaba de vivir otros mundos y, la sonrisa de quien hoy es la que escribe esos libros y la que crea mundos para que otros puedan vivir en ellos.
Me sentí confiada.
No dejemos de perseguir nuestros sueños… Pero, sobre todo, nunca perdamos la sonrisa.
